Créese comúnmente que el insulto coincide con el exabrupto compulsivo que lleva a alguien a menospreciar o socavar el ego de otro alguien, con intención ofensiva o, también, cabreante. Ello llevaría a equiparar el insulto con la irracionalidad, y esa no es manera de insultar.
El insulto, amén de menospreciativo, socavante, ofensivo y cabreante, ha de ser inapelable. Si usted dice a alguien, por ejemplo: “¡Tus muertos!”, su co-insultante podría responderle, sin pestañear ni perder la compostura: “¡Los tuyos!”. Y llegaríamos a un empate de objeciones que no nos llevaría a parte alguna.
La inapelabilidad del insulto detenta la certeza de la no respuesta automática, es decir, que el insulto propiamente dicho no ha de llevar implícita una respuesta que, aún cuando no fuera adecuada, sí tiene algo de desahogante para el interpelado. Baste el ejemplo que sigue: “Un niño está tirando piedras, y un peatón le interpela: ‘¡Niño, deja de tirar piedras, no sea que le des a tu padre sin saberlo!’”.
Como queda dicho, pues, el insulto ha de ser directo, pero sutil; de forma que el interpelado haya de comprenderlo, lo cuál lleva un tiempo y elimina la respuesta automática.
El único problema estriba en saber elegir a quién se insulta, porque algunos imbéciles ni eso entienden...
El insulto, amén de menospreciativo, socavante, ofensivo y cabreante, ha de ser inapelable. Si usted dice a alguien, por ejemplo: “¡Tus muertos!”, su co-insultante podría responderle, sin pestañear ni perder la compostura: “¡Los tuyos!”. Y llegaríamos a un empate de objeciones que no nos llevaría a parte alguna.
La inapelabilidad del insulto detenta la certeza de la no respuesta automática, es decir, que el insulto propiamente dicho no ha de llevar implícita una respuesta que, aún cuando no fuera adecuada, sí tiene algo de desahogante para el interpelado. Baste el ejemplo que sigue: “Un niño está tirando piedras, y un peatón le interpela: ‘¡Niño, deja de tirar piedras, no sea que le des a tu padre sin saberlo!’”.
Como queda dicho, pues, el insulto ha de ser directo, pero sutil; de forma que el interpelado haya de comprenderlo, lo cuál lleva un tiempo y elimina la respuesta automática.
El único problema estriba en saber elegir a quién se insulta, porque algunos imbéciles ni eso entienden...

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