Caminaba un cronopio por la calle cuando encontró, apoyada en la pared, una alta escalera. El cronopio la miró largo rato y se convenció de que nada había en el mundo que mereciera la pena más que subir a lo alto de la escalera y contemplar la panorámica que, sin duda, desde allí se divisaría. Pensó, y repensó su decisión y no veía más que ventajas. Así que, pensado y hecho.
Se apartó un poco para contemplar la altura, enorme altura, de la escalera de nueve peldaños. Volvió a acercarse a la escalera y comenzó a calibrar y a ensayar la mejor manera de subir el primer peldaño, hecho que le demoró cuatro días, pero consiguió alzarse al primer peldaño de lo que podría ser la gesta, el hecho más maravilloso de su existencia.
Más le costó llegar al segundo peldaño: entre pruebas y veras tardó seis días, pero adquirió la experiencia necesaria para subir los seis peldaños siguientes en sólo veinte días, con lo que su moral de victoria creció bastante.
Tanto que, viéndose ya cerca de la cima, resolvió realizar el intento definitivo al segundo día. ¡Fuera ése el día de su desventura! Resbaló y cayó dando tumbos hasta parar con sus huesos en el duro suelo de la calle.
Cabizbajo levántase el cronopio, menea a ambos lados la cabeza mientras se sacude el polvo y la tierra de sus ropas y se restaña las pequeñas heridas en manos, codos y rodillas. Alza la vista hacia la altura de la escalera, y masculla con impotencia:
“¡Caramba con las prisas!”
