Un cronopio conducía su automóvil por una carretera solitaria de las Tierras Malas. Era noche cerrada y no se veía ningún otro automovilista por la calzada, cuando sintió una fuerte sacudida en su automóvil. ¡Había pinchado una rueda! Bajó del coche, pateó la rueda pinchada, y se dispuso, tras unos insultos y palabrotas dirigidas a la familia de las ruedas y de los guijarros puntiagudos, a cambiar la rueda pinchada. Mister Murphy trabajaba esa noche, porque iba todo de mal en peor: no tenía rueda de repuesto. ¡Maldición! Y ni siquiera se veía una luz en el oscuro horizonte...
Escrutando la oscuridad llegó a distinguir una ténue luz y, lleno de resolución, se dirigió hacia ella rumiando sus pensamientos:
“Maldita la hora que se me ocurrió viajar de noche y sin revisar los neumáticos. Menos mal que en aquella casa me dejarán alguno, aunque sea de otro modelo distinto al mío, y podré llegar hasta el pueblo próximo y arreglar la rueda. ¿Y si el dueño de la casa me toma por un ladrón y me recibe a tiros? No son horas de ir por el mundo caminando y en noche tan oscura. No, no, me recibirá bien y me prestará la rueda. ¿Y si se cree que me la voy a quedar y que no se la devolveré? Bueno, habría que ser cretino para pensar eso. Se ve claramente que soy persona de bien. Pero, claro, hay gente para todo y ...”
En estas estaba cuando llegó a la casa. Llamó y abrió un viejito adorable que lo recibió con una sonrisa. Entonces, el cronopio, rojo de ira, le gritó:
“¿Sabe qué? ¡Que se puede meter la maldita rueda por el culo...!”
Y se alejó a grandes zancadas y gritando maldiciones.

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