Un esperanza miraba arrobado a su hijita. Sentía una ternura inmensa al verla. Le susurraba cositas al oido para que, ya desde bebé, fuera inteligente y avispada. El esperanza se quedó mirando el pliegue de los labios de su bebé y algo parecido al orgullo le subió desde el estómago hasta la cabeza, tiñendo su cara de rojo.
¡Estaba muy orgulloso de ser el padre de esa criaturita tan tierna!
Pero algo se disparó en el almario del esperanza. ¡Claro! ¡Había que ponerle un nombre! Un nombre es algo muy importante que uno lleva durante toda su vida... No podía elegir a tontas y a locas... Tendría que ser un nombre bonito, descriptivo y adecuado, para que todos supieran quién era y, sobre todo, qué era.
Pensó y pensó. Desechó muchos nombres, y... de pronto ... ¡claro! ¡ya lo tenía! Se llamaría .... ¡Esperancita!

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