martes, 8 de julio de 2008

Cronopio y escalera



Caminaba un cronopio por la calle cuando encontró, apoyada en la pared, una alta escalera. El cronopio la miró largo rato y se convenció de que nada había en el mundo que mereciera la pena más que subir a lo alto de la escalera y contemplar la panorámica que, sin duda, desde allí se divisaría. Pensó, y repensó su decisión y no veía más que ventajas. Así que, pensado y hecho.
Se apartó un poco para contemplar la altura, enorme altura, de la escalera de nueve peldaños. Volvió a acercarse a la escalera y comenzó a calibrar y a ensayar la mejor manera de subir el primer peldaño, hecho que le demoró cuatro días, pero consiguió alzarse al primer peldaño de lo que podría ser la gesta, el hecho más maravilloso de su existencia.
Más le costó llegar al segundo peldaño: entre pruebas y veras tardó seis días, pero adquirió la experiencia necesaria para subir los seis peldaños siguientes en sólo veinte días, con lo que su moral de victoria creció bastante.
Tanto que, viéndose ya cerca de la cima, resolvió realizar el intento definitivo al segundo día. ¡Fuera ése el día de su desventura! Resbaló y cayó dando tumbos hasta parar con sus huesos en el duro suelo de la calle.
Cabizbajo levántase el cronopio, menea a ambos lados la cabeza mientras se sacude el polvo y la tierra de sus ropas y se restaña las pequeñas heridas en manos, codos y rodillas. Alza la vista hacia la altura de la escalera, y masculla con impotencia:
“¡Caramba con las prisas!”

Cronopio y automóvil



Un cronopio conducía su automóvil por una carretera solitaria de las Tierras Malas. Era noche cerrada y no se veía ningún otro automovilista por la calzada, cuando sintió una fuerte sacudida en su automóvil. ¡Había pinchado una rueda! Bajó del coche, pateó la rueda pinchada, y se dispuso, tras unos insultos y palabrotas dirigidas a la familia de las ruedas y de los guijarros puntiagudos, a cambiar la rueda pinchada. Mister Murphy trabajaba esa noche, porque iba todo de mal en peor: no tenía rueda de repuesto. ¡Maldición! Y ni siquiera se veía una luz en el oscuro horizonte...
Escrutando la oscuridad llegó a distinguir una ténue luz y, lleno de resolución, se dirigió hacia ella rumiando sus pensamientos:
“Maldita la hora que se me ocurrió viajar de noche y sin revisar los neumáticos. Menos mal que en aquella casa me dejarán alguno, aunque sea de otro modelo distinto al mío, y podré llegar hasta el pueblo próximo y arreglar la rueda. ¿Y si el dueño de la casa me toma por un ladrón y me recibe a tiros? No son horas de ir por el mundo caminando y en noche tan oscura. No, no, me recibirá bien y me prestará la rueda. ¿Y si se cree que me la voy a quedar y que no se la devolveré? Bueno, habría que ser cretino para pensar eso. Se ve claramente que soy persona de bien. Pero, claro, hay gente para todo y ...”
En estas estaba cuando llegó a la casa. Llamó y abrió un viejito adorable que lo recibió con una sonrisa. Entonces, el cronopio, rojo de ira, le gritó:
“¿Sabe qué? ¡Que se puede meter la maldita rueda por el culo...!”
Y se alejó a grandes zancadas y gritando maldiciones.

viernes, 4 de julio de 2008

Cronopio enamorado



Cuando un cronopio está enamorado baila tregua y baila catala. Si sólo baila tregua, su amor no es seguro. En cambio, cuando baila catala solamente, la traición está presente como un esparver que planea entre las ripas. Si baila paraxangó o tango no se sabe muy bien qué le pasa.
El cronopio enamorado escribe poemas que empiezan por la letra “c”, porque dice que le trae suerte y retienen a su amada. Si le preguntas que por qué la letra “c” y no otra, suele quedarse perplejo, pues nunca se le ocurrió dudar de que fuera esa la letra apropiada.
Claro que por “c” comienzan algunas palabras de amor que él le dice a su amante: cariño, corazón, y así. Pero sabe que también celos y cuernos son palabras “ceanas” que hacen peligrar el amor.
Otras palabras con “c”, como coyuntura, son malas palabras que evita, porque traen mala suerte.

miércoles, 2 de julio de 2008

Bebé esperanza.



Un esperanza miraba arrobado a su hijita. Sentía una ternura inmensa al verla. Le susurraba cositas al oido para que, ya desde bebé, fuera inteligente y avispada. El esperanza se quedó mirando el pliegue de los labios de su bebé y algo parecido al orgullo le subió desde el estómago hasta la cabeza, tiñendo su cara de rojo.
¡Estaba muy orgulloso de ser el padre de esa criaturita tan tierna!
Pero algo se disparó en el almario del esperanza. ¡Claro! ¡Había que ponerle un nombre! Un nombre es algo muy importante que uno lleva durante toda su vida... No podía elegir a tontas y a locas... Tendría que ser un nombre bonito, descriptivo y adecuado, para que todos supieran quién era y, sobre todo, qué era.
Pensó y pensó. Desechó muchos nombres, y... de pronto ... ¡claro! ¡ya lo tenía! Se llamaría .... ¡Esperancita!